Tu Y Tu Casa
TÚ Y TU CASA |
El cristiano en el hogar |
C. H. Mackintosh |
Hay dos casas que ocupan un lugar muy prominente en las páginas inspiradas: La casa de Dios y la casa del siervo de Dios. Dios atribuye una gran importancia a su casa, y justamente porque es suya. Su verdad, su honor, su carácter y su gloria están comprometidos en el carácter de su casa. Por tal motivo, es su deseo que la expresión de lo que Él es se manifieste con total claridad en lo que le pertenece. Si Dios tiene una casa, ella habrá de ser seguramente una casa piadosa, santa, espiritual y elevada; una casa pura y celestial. Deberá tener todos estos caracteres, no meramente de una manera abstracta —es decir, en cuanto a su posición y principios—, sino también en el aspecto práctico. Su posición abstracta se basa en lo que Dios ha hecho de ella y en el lugar donde la colocó; mas su carácter práctico halla su fundamento en el andar práctico de aquellos que forman parte esencial de la misma aquí abajo.
Muchas almas pueden estar dispuestas a comprender la verdad y la importancia de los principios atinentes a la casa de Dios; mas son pocos, comparativamente hablando, los que prestan suficiente atención a los principios que deben regir la casa del siervo de Dios; aun cuando al formulárseles la pregunta: «¿Cuál es la casa que sigue en importancia a la casa de Dios?» respondiesen sin titubeos: «La casa del siervo de Dios.»
Dado que no hay nada comparable a dejar que la santa autoridad de la Palabra de Dios actúe sobre la conciencia, citaré un pasaje de la Escritura que pondrán de manifiesto, de una manera clara y rotunda, los pensamientos de Dios acerca de lo que debe ser la casa de uno de sus hijos.
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La casa del creyente en el Antiguo Testamento
Noé y su casa
Cuando la iniquidad del mundo antediluviano había llegado a su colmo, y el Dios justo —quien estaba por devastar toda esta escena de corrupción con la recia corriente del juicio— tuvo que decidir el fin de toda carne, estas gratas palabras sonaron a oídos de Noé: “Entra tú y toda tu casa en el arca; porque a ti he visto justo delante de mí en esta generación” (Génesis 7:1).
Se dirá sin duda, y con razón, que Noé era un tipo de Cristo, la cabeza justa de toda la familia de salvados, salvados en virtud de su unión con Él. Lo admito plenamente. Pero ello no quita que vea, en la historia de Noé, otra cosa además de un carácter típico; deduzco de aquí y de otros pasajes análogos un principio que, desde el comienzo mismo de este escrito, quisiera establecer con la mayor claridad, a saber: que la casa de cada siervo de Dios es, en virtud de su relación con Él, puesta en una posición de privilegio y, consiguientemente, de responsabilidad[1].
Este principio tiene infinitas consecuencias prácticas; y ello es lo que, con la bendición de Dios y por su gracia, nos proponemos examinar en el presente escrito. Pero lo que debemos hacer en primer lugar es tratar de establecer la veracidad de lo dicho por medio de la Palabra de Dios. Si simplemente fuésemos llevados a razonar por analogía, el principio en cuestión sería fácilmente demostrado; pues ¿qué persona que conoce el carácter y los caminos de Dios podría creer que Dios atribuye una inmensa importancia a lo que concierne a Su propia casa, y que no atribuye ninguna, o casi, a la de su siervo? ¡Sería imposible! Ello no guardaría consonancia con Dios, y Dios sólo puede obrar de forma consistente consigo mismo.
Pero no podemos limitarnos a tratar esta cuestión tan seria y tan profundamente práctica por pura analogía y meras deducciones. El pasaje recién citado es tan sólo el primero de una serie de varios textos que constituyen pruebas directas y positivas de lo que deseo hacer comprender. En Génesis 7:1 hallamos las significativas palabras: “Tú y tu casa” inseparablemente unidas. Dios no reveló a Noé una salvación sin provecho para su casa. Jamás contempló tal cosa. La misma arca que fue abierta para él, fue abierta también para los suyos. ¿Por qué? ¿Porque tenían fe? No; sino porque Noé la tenía, y porque ellos estaban unidos a él. Dios le dio a Noé, por así decirlo, un salvoconducto que habría de servir para él y para su familia. Lo repito, esto no debilita en absoluto el carácter típico de Noé. Yo veo en él este carácter; mas veo también en él, personalmente, este principio, a saber, que cualesquiera que sean las circunstancias, no podemos separar a un hombre de su casa. El hacerlo implicaría seguramente la más violenta confusión y la más baja desmoralización. La casa de Dios es puesta en una posición de bendición y responsabilidad, porque ella está unida a Él; y la casa del siervo de Dios está, por la misma razón, es decir, por estar unida a él, en una posición de bendición y responsabilidad. Tal es nuestra tesis.