El mundo de la Biblia: El doble origen
Publicado por Velveth
La Biblia sigue siendo el libro más vendido, aunque no el más leído. Cada año se venden millones de copias a los creyentes de todas las confesiones cristianas, e incluso los ateos la leen para encontrar las fallas y contradicciones que confirmen su posición antirreligiosa.
No es de extrañar que cada persona saque algún beneficio o perjuicio de la lectura de la Biblia. Ello se debe a que dicho libro tiene un origen divino humano, y puede, por tanto, ser inspiración o tropiezo. Los hombres del pasado escribieron el mensaje de Dios y quisieron también mantener un registro histórico del pueblo de la Biblia a través de siglos tumultuosos.
La Biblia presenta a sus protagonistas humanos como ellos eran, no como debieron ser. No tiene inconvenientes en ponderar sus virtudes y grandezas, con sus vicios y flaquezas. David, por ejemplo, fue un gran santo y un gran pecador; Pablo, un perseguidor de la Iglesia y también un seguidor de Cristo enérgico y humilde.
Pero algunos han señalado las inconsistencias del texto bíblico, y hasta se han detectado unas 250,000 variaciones en los 5,700 manuscritos griegos del Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento tampoco escapa al ojo del crítico, y no es difícil encontrar algunas incongruencias textuales, así como material añadido para completar el sentido, etc. Dicho de otro modo, si vemos simplemente el texto sin su contraparte sobrenatural, podríamos llegar a considerar las Escrituras como un producto humano vulnerable.
Pero la Biblia tiene un aspecto sobrehumano que tampoco puede soslayarse. En ella encontramos una inspiración extraordinaria, si tomamos en cuenta la Mente que la inspiró: “Toda la Escritura es inspirada por Dios –dice Pablo– y útil para enseñar, para corregir, para instruir en justicia” (2 Tim.3:16). De allí que nos planteemos la pregunta acerca de este gran libro: ¿Es la Biblia la Palabra de Dios?
Este término es relativo. Dios inspiró el relato bíblico, pero no todo lo que dicho relato contiene es palabra de Dios. El libro de Job, por ejemplo, registra no sólo las declaraciones divinas, sino también las opiniones humanas de Job y de sus amigos. Dios no los inspiró a decir lo que aparece en el libro, pero su inclusión es importante para comprender el relato y su divino propósito.
La Biblia, por tanto transmite el mensaje de Dios expresado en lenguaje humano. Y es necesario que ello sea así. Si Dios hubiese comisionado al ángel Gabriel para escribir la Biblia y su propósito, habría utilizado un lenguaje muy superior al nivel de la comprensión humana. Para emplear una comparación, si Dios tuviese un mensaje para los ratones, no designaría a un hombre para escribirlo. El mensajero tendría que ser un ratón. Y lo mismo sucede a nivel humano. Dios utilizó la mente y la pluma de autores consagrados para darnos un mensaje que nosotros, imperfectos mortales, podamos entender.
Ello implica también las imperfecciones que como humanos pudieron tener los instrumentos de la revelación. Dios habla a través de la pluma humana, pero ésta no es perfecta, aunque los hombres de Dios hubiesen estado cien por ciento consagrados. El más perfecto y virtuoso pianista no podría tocar una melodía perfecta en un piano desafinado.
Dios nos da un mensaje adaptado a nuestra condición humana, y se acerca a nosotros para hablarnos con el calor y expresividad de nuestra idiosincrasia. Él habla a nuestro corazón de modo que podamos entender su mensaje. Él desciende a nosotros porque nosotros no podemos subir hasta Él.
Algunos eruditos pensaron al principio que el lenguaje usado en el Testamento Griego contenía un léxico especialmente diseñado por Dios para transmitir su especial propósito. Pero la arqueología ha demostrado que el Nuevo Testamento fue escrito en el griego ‘koiné’ o sea, hablado por el pueblo común. Ni siquiera fue utilizado el lenguaje de las clases cultas. Y en ello vemos una intención especial.
La Biblia fue dada para que fuese extendida por todos, desde el erudito más enciclopédico hasta la persona más iletrada. Dios quiere que todos se salven, y por lo tanto su mensaje de salvación debe ser accesible a todos los humanos de cualquier condición o grado de entendimiento. De allí que tengamos un producto diseñado por Dios, pero fabricado en los talleres del hombre. Si fuésemos ángeles tendríamos una Biblia impecable, perfecta. Pero somos humanos, y tenemos el Libro de los Libros para elevarnos con su mensaje, no para perdernos en el laberinto de sus inconsistencias inherentes. Lo que importa es el mensaje, sublime y trascendente, no la cubierta frágil en que viene envuelto.
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