PALABRA DE PESO-BOXEO La batalla interna de Joel Casamayor por su vida y su legado
Por JORGE EBRO
EL NUEVO HERALD -- Dicen que para un boxeador legendario es más fácil caer cien veces en la lona que decir una vez adiós para siempre. Ojalá que Joel Casamayor no tenga que ir una vez más a la lona para entender que su tiempo encima del ring ha terminado.
Casamayor pasará a la historia del pugilismo cubano como uno de los mejores de todos los tiempos. Su puesto en el Salón de la Fama del Boxeo está prácticamente asegurado, porque ganó todos los títulos posibles como amateur y brilló en las batallas profesionales sin importarle quién fuera el rival.
Siempre recuerdo a Casamayor pidiendo al que fuera, al que quisiera y al que no le faltara valor para enfrentarlo. En un momento en que los grandes boxeadores estudian a sus futuros contrincantes y no siempre eligen al que el público quiere -sino aquel que le permitirá mantener su invicto con el menor esfuerzo y la ganancia máxima-, el cubano no temía a hombres ni a reputaciones.
Pero así como se requiere de coraje para enfrentar a los mejores encima del ring, Casamayor debe tomar una decisión que sacará de él la más grande de las fuerzas interiores: retirarse.
La demostración de Joel Casamayor el sábado en la noche en el Mandalay Bay, de Las Vegas, no tuvo nada de común con aquel de las peleas épicas contra Castillo o Corrales. Sin la movilidad y las piernas que una vez le convirtieron en un boxeador de élite, y con 39 años en su castigado cuerpo, ya no es el de antes. Nunca más lo será.
Ante un rival mediocre como Robert Guerrero, Casamayor se vio lento, falto de coordinación y hasta fue penalizado en par de ocasiones por agarrar de manera poco elegante a su oponente, al que, incluso, le propinó un conteo de protección en un destello último de su pasada grandeza.
Es cierto que muchas veces se había pronosticado el epílogo de la carrera del cubano y que siempre se las ingenió para retornar y salir victorioso, pero esa cadena de renacimientos parece haber llegado a su final.
Casamayor puede, si quiere, seguir en el boxeo y continuar peleando ante rivales mediocres, posponiendo un fin que llegará quiéralo él o no. Pero debe entender que lo visto el sábado en Las Vegas será como una mala película que se repetirá con una trama cada vez peor.
Si Muhammad Alí no hubiera enfrentado a Larry Holmes cuando ya poco quedaba de aquel que fue "el más grande de los grandes'', hoy no tuvieramos esas imágenes de la paliza brutal e incesante que recibió y agravaron sus condiciones físicas.
Evander Holyfield, por poner otro ejemplo, ya no sabe qué hacer. Y aunque varias comisiones le han impedido boxear por su desgaste, él busca la manera para seguir encima de los encordados, aunque ya sólo de risa, o peor, pena.
Los que rodean a Joel Casamayor tienen la responsabilidad de hacerle ver la realidad y no pintarle castillos en el aire. Aunque la decisión final recae únicamente sobre él, que debe encontrar energías para vencer a esos demonios internos que todavía susurran al oído mentirillas piadosas. Esa es su batalla por la vida.
El adiós no le restará mérito alguno. Al contrario, agrandará su leyenda, y especialmente enre los cubanos, que debieran tenerlo en un altar, porque levantó la bandera del boxeo profesional cuando prácticamente no existía. Un gran campeón nunca se retira en la memoria de un pueblo.