La reforma de salud es ya una ley
La llevada y traída reforma de salud es ya una ley con todo el poder de accionar que le confiere el estamento jurídico establecido en la Constitución de Estados Unidos. La firma y promulgación hecha por el Presidente Barack Obama de ese proyecto la avala como tal.
Lo primero que llena de satisfacción es que se ha logrado superar y aleccionar el despreciable filibusterismo que impera en el Congreso y al que apelan quienes siempre se han creído portadores absolutos de soluciones para los grandes problemas de este país. Claro, siempre partiendo de la conveniencia que implica una decisión para el segmento de la sociedad que representan. Lo demás nada les importa.
Es así como en todo el trayecto del debate sobre la reforma de salud se escucharon las cosas más reales, como las más insólitas que muchas veces rayaron en la impertinencia y la necedad.
Igual pudo escucharse a escépticos expertos adelantarse a lo que podría ocurrir en el Congreso, aduciendo que allí se barajaba una expansión innecesaria y arriesgada de los alcances de la propuesta. El temor partía de que la ampliación haría aún más disfuncional el sistema de salud que se trataba de conjurar.
Afortunadamente, la administración de Obama les tomó la palabra y dejó establecido que ni siquiera el alcance del contenido original de la propuesta podía pretenderse que arreglara las cosas como por arte de magia en cuanto a los incentivos de la atención a la salud que demanda Estados Unidos.
Sin embargo, una cosa si ha quedado clara, y es que la nueva ley de reforma de salud es contentiva del germen de la transformación que demanda la realidad de ese importante servicio y el cual debe ser aprovechado por el gobierno en toda su dimensión.
Además de lo que todo ello significa en materia social, sobre todo para millones de personas que por las más diversas razones han estado siempre desamparadas de un plan médico que vele por su salud y la de los suyos, tiene los ribetes de una importante victoria que terminará lustrando la imagen del Presidente y la de aquellos legisladores, no importa el partido por el que votaron a favor de la propuesta.
Claro, para que los beneficios políticos de la reforma de salud tengan los resultados de que hablamos, tienen los ejecutores de la nueva ley la responsabilidad de demostrar que ella por sí sola es también una victoria histórica, sobre todo para desmentir a quienes desde ya han hecho premoniciones acerca de que el éxito de la misma depende de que perdure.
Mientras se comienza a darle marcha a la reforma de salud, a corto plazo hay algo de lo que no debe descuidarse el Presidente Barack Obama: Son los susceptibles desafíos judiciales que implican las amenazas que hacen Virginia y otros Estados en rechazar la reforma y los retos políticos de la oposición republicana que tan febrilmente se han comportado contra esta victoria social de la mayoría estadounidense.
Es una tarea que si bien la Casa Blanca parece centrada y comprensiva del reto que tiene por delante, no creemos que en ella deba dejarse solo al Presidente Obama para echar la batalla en materia de opinión pública. La tarea debe ser de todos.
En cuanto a lo que significa el proyecto a largo plazo, la variable más importante será demostrar que ciertamente la reforma es, como se prometió, un “doblar la curva” para reducir la tasa de crecimiento de los costos de salud, que ahora mismo tienen una trayectoria hacia la bancarrota.
De esos resultados “en los que nosotros como medio de comunicación confiamos”, dependerá si la reforma puede cumplir su esperanzadora promesa de garantizar la salud, digamos que para casi todos los estadounidenses.
siglo21.com