La Costa Norte Radio

Deja Tus Cargas A Los Pies De La Cruz

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos, aunque sean rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" Isaías 1:18Hay una historia sobre un niño llamado Juancito, que, junto con su hermana, fue a visitar a sus abuelos en la granja que tenían a algunos kilómetros de la ciudad. Los abuelos gozaban de estas visitas tanto como los niños, y como siempre, les tenían algunos regalos preparados.
Juancito se alegró mucho con su regalo. Era una linda resortera pintada en rojo. El regalo de Sarita, su hermana, era una muñeca de trapo que la abuela había hecho con sus propias manos.
Al día siguiente, después del desayuno, Juancito pidió permiso para alejarse un poco de la casa porque quería ir a probar su resortera con algunos pájaros y tal vez una que otra ardilla. Sarita se quedó en la casa para ayudar a la abuela con los oficios.
Juancito, muy emocionado, primero probó su puntería con unos pájaros que vio en una rama. ¡Zas! Salió disparada la primera piedra. Pero los pájaros levantaron el vuelo antes de que la piedra pudiera llegar cerca de ellos. Luego, Juancito vio un pajarito amarillo que picoteaba en la hierba. Sigilosamente, Juancito se acercó, apuntó con la resortera, y ¡zas! Salió disparada la segunda piedra. Pero esta cayó muy lejos de donde estaba el pajarito amarillo.
Toda la mañana, Juancito intento dar en el blanco. Pájaros, ardillas, lagartijas, hasta un sapito que pasó por allí desprevenido. Pero Juancito no tuvo éxito. Su puntería le falló una y otra vez.
Algo desalentado, emprendió el camino de vuelta a casa. Cuando ya llegaba al patio de la casa, vio que por allí se paseaba el pato preferido de la abuela. Era blanco y caminaba erguido, dando pasitos cortos y torpes.
Juancito no lo pudo evitar. Antes de que pudiera pensar más sensatamente, apuntó la resortera, disparó y ¡zas! salió la piedra disparada directamente a la anatomía del pato, el cual dio dos vueltas y cayó, mortalmente herido.
¡Ay no! Pensó Juancito, muy tarde. ¿Qué le voy a decir a la abuela? Tomó al pato moribundo, lo arrastró hacía detrás del cobertizo y lo cubrió con algunas hojas que habían allí. “Creo que nadie se va a dar cuenta”, pensó. Pero cuando alzó la mirada, se dio cuenta que desde una de las ventanas de la casa, Sarita lo miraba con complicidad. ¡Ella había visto todo! Juancito entró rápidamente a la casa y no le dijo nada de lo sucedido a nadie.
Por la tarde, después de la cena, la abuela le pidió a Sarita que la ayudara a lavar los platos. “Ay, Abuelita”, dijo Sarita. “Yo siempre te ayudo a lavar los platos, y creo que a Juancito le gustaría ayudarte esta vez.” Y mirando a su hermano, le dijo: ¿No es así, Juancito?
Juancito, sabiendo que Sarita sabía su secreto, asintió con la cabeza, y se quedó ayudando a la abuela a lavar los platos.
Al día siguiente, el abuelo tenía que ir al pueblo a comprar algunos comestibles. ¡Niños!, exclamó. Los invito a los dos para que me acompañen. Pero antes de que pudieran subirse al automóvil, la abuela dijo: “No, no, necesito que Sarita se quede para ayudarme con los oficios de la casa”.
Pero Sarita, subiéndose al automóvil del abuelo, dijo: “Abuela, Juancito me dijo que él quería quedarse a ayudarte con los oficios hoy”. Y agregó, ¿no es así, Juancito? El niño agachó la cabeza y asintió. Así que, Sarita partió con el abuelo, y Juancito se quedó haciendo oficios.
Pasaron algunos días en que Juancito se vio obligado, o quizás pudiéramos decir, chantajeado, a hacer los oficios de Sarita. Pero un día no pudo más, y acercándose a la abuela con lágrimas en los ojos, le contó todo sobre el pato muerto.
La abuela lo tomó en sus brazos, enjugó sus lágrimas, y respondió: “Lo sé, Juancito, lo sé todo. Yo estaba en otra ventana de la casa, y vi todo lo que pasó. Lo que hiciste no está bien, pero yo te perdono. Solamente me preguntaba que hasta cuando ibas a permitir que Sarita te hiciera su esclavo.”
Sencilla historia, pero conlleva un mensaje profundo. Todos hemos pecado y hecho cosas que no están bien. Y tenemos a un Dios amante que nos invita a confesarlos y a obtener su perdón.
Pero ¿Qué hacemos? Al igual que Juancito, intentamos esconder nuestros pecados de los demás y de los ojos de Dios. El enemigo se aprovecha de esta situación, haciendo que nos remuerda la conciencia y convirtiéndonos en sus esclavos. Y terminamos llevando a cuestas una pesada carga que nos agobia y nos desalienta: la culpabilidad.
Y así pasamos días, y semanas, y hasta años con nuestra carga, con nuestro pato muerto, escuchando las mentiras del enemigo, chantajeados, agobiados, y amargados. Convertidos en esclavos, encadenados, oprimidos y en cautiverio. Con la cabeza agachada y con la esperanza perdida.
¡Pero Dios lo vio todo! Él estaba en la ventana, y vio, y escuchó. Él sabe lo que hicimos; pero aun así, nos ama y nos ofrece su perdón. Quiere que acudamos a Él. Quiere tomarnos en sus brazos y enjugar nuestras lágrimas. Quiere romper las cadenas y hacernos libres, libres de verdad.
Y tú, ¿qué harás hoy? ¿Seguirás escuchando las mentiras del enemigo, convertido en su esclavo? ¿O irás corriendo a Dios para confesarle tu pecado y obtener su perdón?
Dios quiere que dejes tu carga a los pies de la Cruz. Él nos invita para que seamos partícipes de su perdón y de amor. Acudamos a Él hoy, seguros de que nos ama con un amor imperecedero, que no cambiará nunca. Llevemos nuestras cargas y entreguémoslas a Él. Cuando hagamos eso, volveremos a levantar nuestras frentes, se romperán las cadenas y tendremos paz.
Acudamos a Él, y descansemos en sus brazos de amor.
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